Me llamo Artrax

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Soy un anglo-árabe, concebido y criado para ganar carreras en los hipódromos. Y aunque me gusta correr, nunca he ganado ninguna.

Quizás porque siempre he sido como un niño travieso, juguetón, cotilla, un poco mimado... y ¡porque corro cuando quiero! No cuando se espera que lo haga. ¡Arranco a galope cuando noto que me sube la alegría de vivir! Cómo si me quisiera comer el mundo.

Entonces dejo a todo el mundo boquiabierto, ¡y la gente entiende qué quiere decir ser un purasangre!

Mi historia

Era un potro muy joven cuando llegué a los establos del hipódromo. Había cumplido 2 años, el tiempo justo para hacer crecer mis largas patas, pero mis tobillos y tendones todavía eran muy tiernos.

A pesar de todo, aquellos hombres del hipódromo habían invertido en pura sangres como yo y tenían prisa para hacernos rentables. Teníamos que ganar carreras y, sobre todo, que nuestros nombres figuraran en las apuestas que tanto dinero movían. Daba igual si éramos demasiado jóvenes...

Aquellos marchantes de caballos siempre se movían por los establos, especulando quién de nosotros sería la mejor inversión.

Entrenábamos cada día haciendo vueltas y vueltas a la pista del hipódromo sin parar. Pero lo peor era el esprint final. Entonces el jinete que me montaba sacaba la madera y me pegaba en las ancas.

Y yo pensaba: “¿Es necesario, esto? ¿No ves que ya estoy corriendo todo lo que puedo? ¿Que no entiendes, asno, que si quiero freno de golpe y sales volando por encima de mis orejas?”

Pero no merecía la pena discutir con aquel asno de dos patas. Era más sensato acabar cuanto antes mejor y volver a los establos. Allí me esperaba Cinto, el mozo de cuadra que, con paciencia de santo, me frotaba los tobillos con un óleo relajante.

- Artrax, estás cansado, ¿verdad? -me decía riendo.

- ¿Cansado? Estoy rendido, sudado y estresado, por culpa de aquella garrapata que se me engancha en el cuello.

Cinto era mi salvación… Con sus manos gruesas y calientes me hacía masajes en las 4 patas, desde el tobillo hasta más arriba de la caña. Mmmmm... Y cuando acababa me preparaba un buen puñado de heno oloroso y llenaba el abrevadero de agua nueva y fresca.

¡Él sí que entendía de caballos!

 

Los meses pasaban y esto de las carreras no era mi destino. Los jinetes que me montaban decían que era alocado, poco sumiso. Vaya, que iba a mi bola.

Cinto me defendía ante los jinetes: “Todavía es demasiado joven para asimilar las órdenes. Tiene un alma libre, dadle tiempo”.

Pero precisamente el tiempo jugaba en mi contra. Cinto estaba preocupado. Intuía que tenía los días contados en el hipódromo. Si no encajaba en aquel mundo, pronto se librarían de mí. Él sufría porque sabía que a menudo los caballos viejos, inservibles o rebeldes, eran vendidos para ir al matadero. Me decía: “Artrax, si no espabilas, harán hamburguesas contigo”.

Un día vino a las cuadras Blai, el hijo adolescente de Cinto. También era rebelde e iba a su bola, un poco como yo. Se me quedó mirando y acariciándome suavemente la frente, me dijo: “Sé fiel a ti mismo, que estos señoritos del hipódromo solo saben hacer dinero a costa de los demás... ¡Que no te doblen, compañero!”

Aquel encuentro con Blai fue el primero de muchos. Cuando salía del instituto venía a las cuadras y me explicaba sus historias.

Entraba al establo diciendo: “¡Hola colega!” Y yo le contestaba: “Brrrrrrrrr...”

Cinto, cuando nos veía, siempre mascullaba un poco dolido: “Habla más contigo que conmigo, que soy su padre”. Pero en el fondo estaba contento de que su hijo, hasta entonces pasota con todo, ahora tuviera alguien para desahogarse, aunque fuera un caballo... Entendí que yo era su refugio emocional, porque sabía interpretar nuestro lenguaje sin palabras. Solo observando cómo abría la puerta de mi establo, ya sabía si estaba triste, contento o enfadado.

Y así llegó el día en que nuestra amistad fue puesta a prueba. Cinto le explicó a Blai que ya se había hecho la lista de los caballos prescindibles por el hipódromo. Y yo estaba en esa lista.

- ¿Qué significa que Artrax es prescindible? - preguntó Blai.

 

- Pues eso: que es descartable, que no interesa, que no lo quieren, que no sirve...

 

- ¿Cómo que no sirve? Míralo, ¡es único! - respondió Blai.

 

- Que va a lo suyo, que no hace caso de lo que le dicen, que se hace el sordo, como si oyera llover… -continuaba diciendo Cinto.

 

- ¿Hablas de mí o de Artrax? - preguntó Blai.

 

- Ahora que lo dices… También podrías ser tú, porque prácticamente estáis cortados por el mismo patrón.

 

- ¿Y dónde irá Artrax? - preguntó Blai con un hilo de voz.

 

- Pues vendrán marchantes de caballos y los comprarán al por mayor para venderlos a las hípicas para pasear turistas y “pixapins”. Y los que no quiera nadie irán al matadero.

 

Dicen que los caballos no lloran, pero sí que podemos expresar con la mirada nuestros sentimientos. Y os puedo asegurar que mis ojos nunca habían sido tan tristes.

Me era igual ser “prescindible”, pero dejar de ver a Blai no creía que pudiera soportarlo.

El día que subí en aquel camión del marchante, Blai no vino… Y lo entendí. A veces la tristeza nos bloquea tanto, que acabas no haciendo lo que querrías de verdad.

Cinto me acompañó hasta el camión y, con una breve caricia, pero llena de ternura por parte de él y yo con una inclinación de cabeza, nos despedimos. A menudo no hacen falta demasiadas palabras para demostrar el amor.

Mientras me alejaba, desde arriba del camión vi como la pista del hipódromo se hacía pequeña, y aquellos malditos jinetes salían de mi vida. “¡Sanguijuelas! ¡Alcaudones! ¡Mata caballos!” relinché con fuerza.

Os ahorraré las historias que me pasaron después de marchar del hipódromo, que no hacen ni frío ni calor. Pasear guiris, aguantar prepotentes y otras sordideces humanas. Hasta que por cosas de la vida hice parada en un centro de equinoterapia para niños con dificultades de todo tipo.

Os preguntaréis qué hacía yo en un lugar donde los caballos tienen que ser tranquilos, plácidos y calmados para poder hacer terapias sin sustos. A mí, ¡que enseguida me hierve la sangre!

Al principio se me hacía extraña aquella calma. Allí no había estrés ni malos rollos. Quizás era todo un poco aburrido, pero poco a poco se me contagió aquella tranquilidad.

Tenía dos compañeros: Daisy, una yegua pequeñita, pero ¡guapísima! Y Eros, un trozo de pan. Los tres compartíamos un prado de pasto y un pequeño cubierto para protegernos por la noche.

Nuestro trabajo era compartir juegos con niños y niñas que necesitaban comunicarse, abrirse, y en esto los caballos tenemos un sexto sentidoEn verano nos mojaban con una manga, nos enjabonaban, nos cepillaban y... ¡se reían! Perder el miedo y hablar con nosotros era parte de la terapia.

Fue ahí donde conocí a Max. Parecía enfadado con el mundo, malcarado, y distante con todo el mundo. Pero todo ello era una fachada para esconder su timidez e inseguridad. A menudo se quedaba detrás de los otros, parecía un poco desorientado. Quizás se sentía solo...

Un día que Max estaba distraído, me acerqué por detrás, sin hacer ruido, y acerqué mis narices en su nuca, resoplando muy suave: brrrrrrr… ¡Le hice cosquillas! Se giró sorprendido y, sin más, me posó la manecita en mi pecho suavemente, como escuchando los latidos de nuestros corazones, y me miró intensamente.

No pude evitar el recuerdo de Blai, el chico del hipódromo. Él me había enseñado a querer, y ahora Max me hacía revivir aquel sentimiento. Entonces con la mirada le dije: “¡Hola colega!”

Max sonrió tímidamente, y entendí que otra historia de amistad volvía a empezar.

Glosario

  • Rentable: Que produce un beneficio que compensa la inversión.

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  • Apuesta: Cuando se arriesga una cantidad de dinero sobre el resultado de una carrera.

  • Marchantes de caballos: Personas entendidas en caballos que los compran y los venden.

  • Esprint final: Tramo final de una carrera donde se acelera la velocidad para intentar ganar.

  • Ir a mi bola: Hacer la suya, ir a su aire, no depender de nadie.

  • Alma libre: Cuando la libertad le guía en sus actos.

  • Un hilo de voz: Hablar flojito, atemorizado, con miedo.

  • Comprar al por mayor: Comprar en grandes cantidades sin prestar atención a los detalles.

  • Pixapins: Palabra despectiva que utiliza la gente del mundo rural cuando los de ciudad van de excursión.

  • No hace ni frío ni calor: No darle importancia, que no tiene ningún valor importante.

  • Guiris: Turistas.

  • Sordideces humanas: Vidas de los humanos que no merece la pena referirse.

  • Un trozo de pan: Persona muy buena que nunca discute con nadie.

  • Sexto sentido: no se ve ni se siente, no huele ni tiene gusto, y tampoco se puede tocar, pero sirve para percibir sensaciones que no están a la vista.

  • Terapia: tratamiento para curar o corregir síntomas de una enfermedad o disfunción.

Leer con lupa
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Captura de pantalla 2020-12-07 a las 15.
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